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VISITA

La historia de la salvación se presenta frecuentemente en la Biblia como una sucesión de “visitas” de Yahveh a su pueblo o a algunos personajes privilegiados; Dios, que tomó la iniciativa de la Alianza y que permanece secretamente presente al desarrollo de su designio interviene a menudo en forma extraordinaria en la vida de su pueblo para bendecirlo o castigarlo, pero siempre para salvarlo; esta mirada del Señor, estas intervenciones personales, visibles son otros tantos signos de su presencia, de su acción, de la continuidad de su designio salvador y de sus exigencias a través de la fidelidad y de la infidelidad de los suyos. Preparan y anuncian el día del Señor por excelencia, la venida de Dios mismo en Jesús y su retorno en la gloria para un último juicio y una salvación definitiva.

AT.

“Dios os visitará y hará que volváis a subir de este país al país que prometió con juramento a Abraham, Isaac y Jacob” (Gén 50,24s). El Dios que llamó a Abraham para hacer de él el padre de una multitud y que con este fin “visitó” a Sara haciéndola fecunda (21,1s), interviene en forma única liberando a su pueblo de Egipto. Estas visitas de Dios que ama y que salva a su pueblo van a renovarse a todo lo largo de la historia de Israel formando su trama esencial y manifestando la fidelidad de Yahveh a sus promesas. Si los israelitas se muestran infieles a la alianza, la intervención del Dios celoso adoptará la forma de un castigo, pero que estará ordenado a la salvación del pueblo. Todos los profetas, y especialmente Jeremías, reasumen y orquestan este tema de las intervenciones de Yahveh. Si las victorias son visitas de Dios que bendice a sus fieles (Sof 2,7), las desgracias del pueblo son también visitas de Dios que viene a corregir a los israelitas y a sus jefes, y a conducirlos a sí: “Sólo te he conocido a ti entre todas las familias de la tierra, así te visitaré por todas tus iniquidades” (Am 3,2; Os 4,9; Is 10,3; Jer 6,15; 23,2.34). Esta visita, descrita por Ezequiel como la inspección del pastor que pasa revista a su rebaño (Ez 34), está siempre dictada por el amor de Dios y orientada a la salvación del pueblo. Las naciones vecinas: Moab, Egipto y sobre todo Babilonia, que se oponen al cumplimiento del designio divino de salvación, serán también “visitadas” por Dios que las juzgará y las castigará (Jer 46,21…; 48, 44; 50,18.27.31), pero que finalmente las salvará (Jer 12,14-17; 16,19ss). Como la liberación de Egipto, el retorno del exilio es obra de Yahveh: “Sólo cuando se cumplan los setenta años otorgados a Babilonia os visitaré y cumpliré la promesa de traeros a este lugar” (Jer 29,10; cf. 32,5; Sal 80,15; Zac 10,3).
Entonces cada judío adquirirá más conciencia de ser objeto de una atención particular, personal de Dios: “Acuérdate de mí, Yahveh, por amor a tu pueblo, visítame con tu socorro, para que yo pueda ver la ventura de tus elegidos” (Sal 106,4). Estas visitas individuales no se limitan a la esfera cultual: Dios ilumina el espíritu de los sabios examinando su conducta (Job 7,18; Sal 17,3) o enviándoles sueños (Eclo 34,6; cf. ya Gén 20,3). Y sobre todo, a partir del exilio, el movimiento mismo de la revelación abre los espíritus al anuncio de una visita definitiva de Dios que va a venir a juzgar al pueblo y a las naciones: este día de Yahveh, ya anunciado por los profetas de antes del exilio, será el día del triunfo de los elegidos salvados por la venida, la visita y el reino de Dios, y se extenderá por derechoa todos los pueblos: “El día de la visita resplandecerán los justos… y el Señor reinará sobre ellos para siempre” (Sab .3,7; Eclo 2,14). De esta esperanza vivirán los judíos del siglo i (p.e., Qumrán); la venida de Jesús y su predicación del reino van a realizar esta visita divina prometida y aguardada.

Leon Dufour, Camino Neocatecumenal. Palabra visita.

NT.

“Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que ha visitado y liberado a su pueblo” (Lc 1,68). Dios, movido por su amor (1,78) y queriendo realizar sus promesas ha venido en Jesús a salvar a los suyos, satisfaciendo así su espera y respondiendo su ruego. Este tema corre a través de todo el Evangelio. El Precursor es presentado a la luz de los oráculos de los profetas como el que viene a preparar los corazones para la venida, para la manifestación de Dios en Jesús. Anuncia el juicio escatológico y proclama la venida del reino. Jesús por su parta insistirá en el carácter en primer lugar salvífico de esta visita y en su aspecto universal. Pero si bien esta visita es ofrecida a toda carne (Lc 3,6; cf. 1Pe 2,12), no será acogida sino por los corazones puros que la reconocerán: “un gran profeta ha surgido entre nosotros y Dios ha visitado a su pueblo” (Lc 7,16). No todos lo comprenden así. Porque, a pesar de los milagros, la visita de Dios en Jesús no es fulgurante, deslumbradora: puede ser rehusada.
Tal es el aspecto dramático de la visita subrayado por los evangelistas sobre todo por san Juan: “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron” (Jn 1,11). Este desconocimiento culpable transformará la gracia en amenaza de castigo. ¡Ay de los que no saben reconocer el “tiempo de la visita”! ¡Ay de Jerusalén! (Lc 19,43s). ¡Ay de las ciudades del lago! Esta negativa de los judíos, contraria a la actitud de los paga nos (Mt 8,10ss) es presentada como el coronamiento trágico de una larga serie de repulsas, de desprecio de las visitas de Yahveh a través de todo el AT: el castigo será terrible para los que no hayan acogido al hijo del rey, enviado por su padre para “percibir los frutos” de la viña (Mt 21,33-46). La ruina de Jerusalén, fin del mundo judío y signo fulgurante del juicio de Dios, será su pródromo visible, visita terrible del Hijo del hombre que anuncia su última venida en la gloria (cf. Mt 25, 31-46). Antes de esta última visita, anticipada en la “jubilosa entrada” de Jesús el domingo de ramos, la acción de Jesús se prosigue en la Iglesia por la misión de los apóstoles y por el envío del Espíritu (“mentes tuorum vista”). El Señor mismo no cesa de intervenir en la vida de la Iglesia; el Apocalipsis lo muestra pronto a castigar a las comunidades de Asia si no se convierten (Ap 2-3). Pero si nosotros debemos ir juntos al encuentro de Jesús “que viene” (1Tes 4,17; cf. Mt 25, 6), cada discípulo es invitado personalmente a acoger la visita de Jesús: “He aquí que estoy a la puerta y llamo…” (Ap 3,20); deberá por tanto velar (Mt 24,42ss; 25,1-13) y orar hasta el día, desconocido para todos, en que Jesús “se aparezca por segunda vez, a los que lo aguardan, para darles la salvación” (Heb 9,28).