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Carne.

La condición carnal del hombre parece a los ojos de algunos una inferioridad y hasta un mal. Este pensamiento depende sólo muy indirectamente de la Biblia. Ésta, en efecto, no considera nunca a la carne como intrínsecamente mala; su juicio se inspira no en especulaciones filosóficas sobre la naturaleza humana, sino en las luces de la revelación: la carne fue creada por Dios, la carne fue asumida por el Hijo de Dios, la carne es transfigu rada por el Espíritu de Dios, por lo cual el cristiano puede decir: “Creo en la resurrección de la carne.” Desde las primeras hasta las últimas páginas inspiradas, la carne designa la condición de criatura; pero con Pablo este sentido deja de ser ya único: la carne puede designar no ya, ciertamente, una naturaleza mala, pero sí la condición pecadora del hombre; resulta que al termino de esta evolución la palabra sarx implica cierta ambigüedad que es con veniente disipar.

1. LA CRIATURA FRENTE A DIOS.

Para el NT como para el AT el hombre es carne, no en el sentido de que esté compuesto de una “materia” (la carne o el cuerpo) animada por una “forma” (el cuerpo o el alma), sino en el sentido de que se expresa a través de esta carne que es su cuerpo, lo que caracteriza a la persona humana en su condición terrena.

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1. Dignidad de la carne.

La carne, formada por Dios como por un tejedor (Job 10,11; Sal 139,13ss) o por un alfarero (Gén 2,7; Jer 1,5; Job 10,8s), es por esta razón digna de nuestra admiración (Ecl 11,5; 2Mac 7,22s); ya sea un elemento de nuestro ser corpóreo -carne y sangre (Eclo 14,18; Mt 16,17), huesos y carne (Gén 2,23; Lc 24,39), corazón y carne (Sal 84,3; 73,26) -, o bien designe el conjunto del cuerpo, por ejemplo, cuando está enfermo (Sal 38,4; Gál 4,14), doliente (2Cor 12,7), presa de las tribulacio nes (1Cor 7,28), en ningún caso se descubre el menor indicio de desprecio; por el contrario, no se la debe odiar (Ef 5,28s). Así Ezequiel hace el elogio definitivo de la carne cuando anuncia que Dios dará a Israel en lugar de su corazón endurecido, petrificado, “un corazón de carne” (Ez 36,26), maleable y acogedor.

2. La persona corporal.

Una dignidad todavía más radical: la carne puede designar también al hombre en su totalidad concreta. El semita – como lo hace con el término al ma – habla objetivamente de “toda carne” para designar toda la creación animada (Gén 6,17; Sal 136,25; Eclo 40,8), la humanidad (Is 40,5s Lc 3,6; .11 3,1 = Hech 2,17; Mc 13,20; Jn 17,2). Puede también indicar con ella el fondo de la persona; así Adán ve otro él en la mujer que Dios le presenta; pero no dice que tiene, como él, un alma, sino que exclama: “Ésta es hueso de mis huesos y carne de mi carne” (Gén 2,23; cf. Eclo 36,24). Estas últimas palabras expresan la conciencia de una comunión profunda, que podrá extenderse a toda parentela (Gén 29,14; 37,27; Rom 9,3), y más especialmente al nuevo ser, la “carne única” que vienen a ser los esposos (Gén 2,24 = Mt 19,5 p; 1Cor 6,16; Ef 5,31). En esas con diciones se comprende que el mismo término pueda significar la persona misma, el “yo” (Ecl 4,5; 5,5; 2Cor 7,5) y hasta sus actividades de orden psicológico, con un matiz corporal, sí, pero en modo alguno peyorativo: la carne sufre (Job 14,22), tiene miedo (Sal 119,120), languidece de deseo (Sal 63,2) o grita de júbilo (Sal 84,3); vive de la enseñanza de los sabios (Prov 4,22); está incluso dotada de voluntad (Jn 1,13).

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3. La condición terrena.

Finalmente, designar al hombre concreto por su carne es manifestar su origen terreno. Este matiz se impone cuando se emplea el término en contraste con el mundo celestial de Dios y del espíritu.

a) La criatura.

Fuera de Dios todo es carne, incluso el ángel (Ez 10,12); como numerosos padres de la Iglesia no hallan dificultad en esto tampoco la halla Judas (7): se contenta con precisar que la carne angélica es diferente de la nuestra. Así pues, no hay tampoco nada ofensivo en calificar “según la carne” a los patriarcas (Rom 9,5), a nuestro padre Abraham (Rom 4,1) o a los señores temporales (Col 3.22 = Ef 6,5). Asimismo, vivir “en la carne” (2Cor 10,3: Gál 2,20; FIp 1,22ss: Sant 4,1s) es sencillamente vivir en la tierra, es ser visible (Col 2.1), es tar concretamente presente (Col 2,5).

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Para designar los días de la vida terrena de Jesús (1Jn 4,2; Heb 5,7) se dice que tomó carne y sangre (Heb 2,14).

b) Caducidad e impotencia.

Ordinariamente, quien dice carne dice fragilidad de criatura. “Toda carne es como la hierba…, pero la palabra de Dios permanece para siempre” (Is 40,6s). La carne es al espíritu lo que lo terrenal es a lo celestial; así Jesucristo, “nacido de la descendencia de David según la carne, fue constituido Hijo de Dios, poderoso.según el Espíritu de santidad” (Rom 1,3s; cf. 1Tim 3,16). El hombre, siendo criatura, es por sí mismo im potente para entrar en el reino de Dios: “lo que ha nacido de la car ne es carne, lo que ha nacido del espíritu es espíritu” (Jn 3,6; cf. 1Cor 15,50). El hombre, “carne y sangre”, no puede tampoco conocer por sí mismo las realidades divinas (Mt 16,17; cf. Gál 1,16; Ef 6,12), y si pretende juzgarlas con su razón, muestra ser un “sabio según la carne” (1Cor 1,26). En toda verdad, “el espíritu es el que vivifica, la carne no sirve para nada” (Jn 6,63), sino para reconocer tras el rito eucarístico a la persona del Salvador.

Tal es la condición terrena que quiso asumir el Hijo de Dios; se gún el dicho de Juan: “el Verbo se hizo carne” (Jn 1,14), hombre verdadero de este mundo, con sus límites; pero también hombre, en el que el creyente reconoce al Salvador y al Hijo de Dios (1Jn 4,2; 2Jn 7) y acepta la manducación de su carne y de su sangre con miras a la vida eterna (Jn 6,53-58).

4. El mundo de la carne.

Así el hombre, por su carne no es sino “polvo” (Gén 3,19; Ecl 12,7), pertenece al mundo terrenal; por el hálito que Dios le presta está en relación con el mundo celestial. Doble pertenencia que lleva poco a poco a distinguir el mundo de los espíritus y del de la carne; así según la pluma del traductor griego de la Biblia: “el Dios de los espíritus que animan a toda carne” viene a ser “el Dios de los espíritus y de toda carne” (Núm 16,22; 27,16), como Heb 12,9 opondrá “el Padre de los espíritus” a los “padres según la carne”. No obstante, este dualismo cósmico no debe confundirse con un dualismo antropológico, según el cual el hombre une en sí a los dos mundos del espíritu y de la carne como dos sustancias componentes. Conviene interpretar correctamente dos textos que parecen constituir una excepción. En Rom 7,25, la razón que evoca Pablo no es, como entre los griegos, una facultad dueña de sí misma, sino una espectadora impotente frente al desorden del pecado incrustado en la carne. En Mt 26,41 p, el espíritu “magnánimo” no es una parte del hombre, sino una entrega de sí mismo a Dios (cf. Sal 51,14). En ninguna parte es la carne uno de los elementos del “compuesto” que se supondría ser el hombre. El dualismo antropológico no se adoptará en el mundo judío sino hacia los siglos II/III, con el rabinismo naciente.

II. EL PECADOR DELANTE DE DIOS.

Existe, con todo, un dualismo de otro orden, el dualismo moral, que, sin embargo, debe distinguirse cuidadosamente según el ambiente de donde derive. Para algunos griegos el cuerpo es una prisión del alma, de la que hay que tratar de evadirse como de una mala situación natural. Más tarde, a consecuencia de la controversia epicúrea, la carne se convierte en el lugar mismo de la sensualidad, considerada como mala y degradante para el espíritu. La gnosis licenciosa combatida por Judas ofrece probablemente alguna semejanza con estas teorías epicúreas (Jds 4,7…): la carne, mala por naturaleza, debe ser vencida. Si los escritores del judaísmo tardío y del NT fomentan semejante lucha, lo hacen en una perspectiva muy diferente: la carne -esta condición de criatura, en la que el hombre ha puesto su confianza – acaba por caracterizar a un mundo en que reina el espíritu del mal.

1. La confianza pecadora en la carne.

Isaías proclama que Dios debe ser nuestro único apoyo: “Los caballos del egipcio son carne y no espíritu” (Is 31,3); Jeremías opone los dos tipos de confianza: “Mal dito el hombre que en el hombre pone su confianza, y de la carne hace su apoyo, y aleja su corazón de Yahveh” (Jer 17,5ss). Y tras ellos Pablo: “No se gloríe ninguna carne delante de Dios” (1Cor 1,29); frente a los judíos que fundan su orgullo en el privilegio de la circuncisión (Rom 2,25-29; Gál 6,12ss), Pablo no quiere fundar su gloria sino en Cristo (Flp 3,3s). Así, aun cuando vive en la carne, no se conduce ya según la carne (2Cor 10,2s), a fin de no gloriarse en ella (2Cor 11,18): en esta condición no se merece el epíteto de carnal (1Cor 3,1.3; 2Cor 1,12), ni en la voluntad (2Cor 7,17), ni en el conocimiento que uno tiene de Cristo (2Cor 5,16). En efecto, se puede juzgar a Cristo según la carne, como jesús lo reprochó a los judíos (Jn 8,15): como sólo tienen ojos de carne (Job 10,4), juzgan se gún la apariencia (Jn 7,24), trans formando su condición frágil de criatura en condición pecadora. Así Juan acabará por calificar al mundo de pecador y por denunciar la concupiscencia de la carne (1Jn 2,16). Con esto no acusa a la carne como tal. sino a la voluntad del hombre, que la ha hecho pecadora. Se pueden distinguir dos “espíritus”, el del mal y el del bien, cada uno de los cuales tiene un mundo bajo su dominio y se disputa el corazón del hombre (así en Qumrán); pero no por esto se afirma un dualismo de naturaleza. como si esta lucha debiera durar para siempre, no pudiendo triunfar del mal el espíritu del bien.

2. La carne pecadora y el espíritu de santidad.

Esta lucha y esta victoria fueron sistematizadas por Pablo con la ayuda del binomio carne-espíritu. Esta oposición entre carne y espíritu corresponde sólo en apariencia a la que ponen los griegos entre alma y cuerpo, entre pureza e impureza. Se inspira directamente en la oposición semítica entre terrenal/celestial, pero es transformada por una doble experiencia: el Espíritu Santo que es dado a les cristianos, y el pecado, al que nos ha arras trado la carne.

a) La lucha entre carne y espíritu.

El descubrimiento de la antítesis literaria que caracteriza a este combate, se hace en dos etapas marcadas por las epístolas a los Gálatas y a los Romanos, respectivamente.

Los creyentes son hijos de Abraham por Sara según el espíritu, y no por legar según la carne, declara Pablo (Gál 4,21-31). El AT y el NT se distinguen como dos pe ríodos contrastados de la historia de la salvación, caracterizados por la ley y la fe respectivamente. De ahí se forjan dos mundos, en los que participa el creyente: la carne aparece como el residuo del pecado, que la ley contribuyó a multiplicar, y el espíritu como la personificación de todo lo que era bueno en el provecho de la ley y que fue realizado por el don del Espíritu. Entre estos dos poderes hay un antagonismo irreductible en el corazón del cristiano (Gál 5,17): puede vivir según la carne, debe vivir según el espíritu: de ahí el riesgo continuo de pervertir una situación que, sin embargo, ha sido establecida por el Espíritu Santo.

En los capítulos 7 y 8 de la carta a los Romanos muestra Pablo cómo intervienen las dos fuentes de la muerte y de la vida. Estos dos poderes que habitan sucesivamente en el hombre (Rom 7,17-20; 8,9ss), determinan en el creyente. que, no obstante, ha eliminado el pecado por Cristo, una doble manera de vivir (8,4-17). La posibilidad de vivir según la carne es en nosotros la huella del pecado, y esto por intermedio de la carne, en la que en otro tiem po habitaba el pecado.

b) El dominio de la carne.

La carne, tomada como norma de la existencia, dicta al hombre su con ducta. Adquiere una real autonomía, recibiendo la herencia del poder del pecado, con sus prerrogativas, sus deseos; reduce a su esclavitud a los que obedecen a la “ley del pecado” (Rom 7,25). Con insolencia (Col 2, 23) manifiesta entonces sus deseos (Rom 8,5ss), sus apetencias (Rom 13,14; Gál 3,3; 5,13.16s), produce obras malas (Gál 5,19). Tal es la existencia según la carne (Rom 7,51, hasta tal punto que el entendimiento mismo se hace carnal (Col 2,18; cf. iCor 3,3). Y el cuerpo también – (si bien neutral en el asunto) -, regido por la carne se llama “el cuerpo de la carne” (Col 2,11), se identifica con el “cuerpo del pecado” (Rom 6,6) y es en verdad modelado por la “carne de pecado” (Rom 8,3).

c) El triunfo de Cristo.

Pero el pecado fue vencido por Cristo, quien, tomando este “cuerpo de carne” (Col 1,2), fue hecho pecado (2Cor 5,21); venido en una carne de condición pecadora, condenó el pecado en la carne misma (Rom 8,3). Desde aho ra el cristiano ha crucificado la car ne en Cristo (Gal 5,24); la lucha que sostiene (6,8) no tiene un desen lace fatal, sino que es una victoria asegurada, en la medida en que el creyente, recobrando su condición auténtica de criatura, no confía en la carne, en su debilidad, sino en la fuerza de la muerte del Salvador, fuente del Espíritu de vida.

XAVIER LÉON-DUFOUR

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