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Desierto.

La significación religiosa del desierto se orienta diferentemente según que se piense en un lugar geográfico o en una época privilegiada de la historia de la salvación. Desde el primer punto de vista es el desierto una tierra que no ha bendecido Dios: allí es rara el agua, como en el huerto del paraíso, antes de la lluvia (Gén 2,5), la vegetación raquítica, la habitación imposible (Is 6, 11); hacer de un país un desierto es hacerlo semejante al caos de los orígenes (Jer 2,6; 4,20-26), lo que merecen los pecados de Israel (Ez 6,14; Lam 5,18; Mt 23,38). En esta tierra infértil habitan demonios (Lev 16, 10; Lc 8,29; 11,24), sátiros (Lev 17,7) y otras bestias maléficas (Is 13,21; 14,23; 30,6; 34,11-16; Sof 2,13s). En resumen, en esta perspectiva el desierto se opone a la tierra habitada como la maldición a la bendición.

Ahora bien, y tal es el punto de vista bíblico dominante, Dios quiso hacer pasar a su pueblo por esta “tierra espantosa” (Dt 1,19), para hacerle entrar en la tierra en la que fluyen leche y miel. Este acontecimiento va a transformar el simbolismo precedente. Si el desierto sigue conservando el carácter de lugar desolado, sobre todo evoca una época de la historia sagrada: el nacimiento del pueblo de Dios. El simbolismo bíblico del desierto no puede, pues, confundirse con tal o cual mística de la soledad o de la fuga de la civilización; no enfoca una vuelta al desierto ideal, sino un paso por el tiempo del desierto, análogo al de Israel.

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AT.

1. EN MARCHA HACIA LA TIERRA PROMETIDA.

A diferencia de los re cuerdos ligados con la salida de Egipto propiamente dicha, los que conciernen al paso por el desierto sólo fueron idealizados tardíamente. Las tradiciones, en su forma actual, muestran a la vez que fue un tiempo de prueba para el pueblo y hasta de apostasía, pero en todo caso un tiempo de gloria para el Señor. Tres elementos dominan estos recuerdos: el designio de Dios, la infidelidad del pueblo, el triunfo de Dios.

1. El designio de Dios.

El paso por el desierto está regido por una intención doble. Es un camino expresamente escogido por Dios, aunque no era el más corto (Éx 13,17), porque Dios quería ser el guía de su pueblo (13,21). Luego, en el desierto del Sinaí es donde los hebreos deben adorar a Dios (Éx 3,17s = 5, lss); de hecho, en él reciben la ley y concluyen la alianza que hace de aquellos hombres errantes un verdadero pueblo de Dios: se lo puede incluso computar (Núm 1,lss). Dios quiso, por tanto, que su pueblo naciera en el desierto; sin embargo, le prometió una tierra, haciendo así de la permanencia en el desierto una época privilegiada, pero provisional.

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2. La infidelidad del pueblo.

El camino de Dios no tenía nada comparable con la buena tierra de Egipto, en la que no faltaban alimento y seguridad; era el camino de la fe pura en el que guiaba a Israel. Ahora bien, desde las primeras etapas murmuran los hebreos contra la disposición del Señor: ni seguridad, ni agua, ni carne… Esta murmuración corre por todo lo largo de los relatos (Éx 14,11; 16,2s; 17,2s; Núm 14,2ss; 16,13s; 20,4s; 21,5). suscitada tanto por la primera como por la segunda generación del desierto.

El motivo es claro: se echa de menos la vida ordinaria; por penosa que fuera en Egipto, se la prefería a esta vida extraordinaria confiada únicamente al cuidado de Dios; vale más una vida de esclavos que la muerte que amenaza, el pan y la carne más que el insípido maná. El desierto revela así el corazón del hombre, incapaz de triunfar de la prueba a que se le somete.

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3. El triunfo de la misericordia divina.

Pero si Dios deja perecer en el desierto a todos los que se han endurecido en su infidelidad y en su falta de confianza, no por eso abandona su designio, sino que saca bien del mal. Al pueblo que murmura le da un alimento y un agua maravillosos; si debe castigar a los pecadores, les ofrece también medios inesperados de salvación, como la serpiente de bronce (Núm 21,9). Es que Dios hace siempre resplandecer su santidad y su gloria (20,13). Esta se mostrará sobre todo cuando con Josué entre en la tierra prometida un verdadero pueblo. Este triunfo final permite ver en el desierto no tanto la época de la infidelidad del pueblo cuanto el tiempo de la misericordiosa fidelidad de Dios, que previene siempre a los rebeldes y hace que prospere su designio.

II. RETROSPECCIÓN SOBRE EL TIEMPO DEL DESIERTO.

El pueblo, instalado en la tierra prometida, no tardó en transformarla en un lugar de prosperidad idolátrica e impía, con tendencia a preferir los dones de la alianza a la alianza del donador. Entonces el tiempo del desierto aparecerá como privilegiado y se aureolará de la gloria divina.

1. Invitación a la conversión.

Con el tema de la memoria actualiza el Deuteronomio los acontecimientos del desierto (Dt 8,2ss.15-18): tiempo maravilloso de la solicitud paternal de Dios; el pueblo no pereció, pero fue puesto a prueba a fin de que reconociera que el hombre no vive sólo de pan, sino de todo lo que sale de la boca de Dios. Así también la sobriedad del culto en el tiempo del desierto invita a Israel a no contentarse con una piedad formalista (Am 5,25 = Hech 7,42). Y viceversa, el recuerdo de las desobediencias es un llamamiento a la conversión y a la confianza en solo Dios: no tener ya dura la cerviz ni tentar a Dios (Sal 78,17s.40; Hech 7, 51), adaptarse con paciencia al ritmo de Dios (Sal 106,13s), y contemplar el triunfo de la misericordia (Neh 9; Sal 78; 106; Ez 20).

2. “Las maravillas de Dios.”

Ni aun recordando estas infidelidades se pensaba en presentar como un castigo la permanencia en el desierto. Y menos todavía recordando las maravillas que marcaron el tiempo de los desposorios de Dios con su pueblo: es el tiempo idílico del pasado por oposición al tiempo presente de Canaán. Así Elías, al ir al Horeb, no va sólo a buscar un refugio en el desierto, sino el lugar de aprovisionamiento (1Re 19). Puesto que los castigos no bastan para hacer que vuelva la esposa infiel, Dios va a conducirla al desierto y hablarle al corazón (Os 2,16), y será de nuevo el tiempo de los desposorios (2,21s). Los dones pasados se embellecen en las memorias: el maná se convierte en un alimento celeste (Sal 78,24), un pan de sabores variados (Sab 16,21). Ahora bien, estos dones son también prenda de una presencia actual, pues Dios es fiel. Es un padre amoroso (Os 11), un pastor (Is 40,11; 63, 11-14; Sal 78,52). En atención a esta época en que el pueblo vivió tan cerca de Dios, ¿cómo no tener plena confianza en aquel que nos guía y nos alimenta (Sal 81,11)?

3. El desierto ideal.

Si el tiempo del desierto es un tiempo ideal, ¿por qué no prolongarlo sin cesar? Así los rekabitas vivían bajo la tienda, a fin de manifestar su reprobación de la civilización cananea (Jer 35) y los monjes de Qumrán rompieron con el sacerdocio oficial de Jerusalén. Esta mística de la fuga al desierto tiene su grandeza – puede incluso dar sentido a una situación de perseguido (1Mac 2, 28ss; Heb 11.38) -, pero en la medida en que se aislara del acontecimiento concreto que la originó, tendería a degenerar en una evasión estéril: Dios no nos ha llamado a vivir en el desierto, sino a atravesar el desierto para vivir en la tierra prometida. Por lo demás, el desierto conserva su valor figurativo. La salvación esperada por los deportados de Babilonia es concebida como un nuevo éxodo: el desierto florecerá bajo sus pasos (Is 32,15s; 35,1s; 41,18; 43,19s). La salvación del fin de los tiempos se presenta en ciertos apocalipsis como la transformación del desierto en paraíso; el Mesías aparecerá entonces en el desierto (cf. Mt 24,26; Hech 21,38; Ap 12,6.14).

NT.

1. CRISTO Y EL DESIERTO.

Mientras que las comunidades esenias, como la de Qumrán, promovían una separación de la ciudad y se refugiaban en el desierto. Juan Bautista no quiere consagrar una mística del desierto. Si proclama en él su mensaje, es para revivir el tiempo privilegiado; y una vez que el agua ha renovado los corazones, envía de nuevo a los bautizados a su trabajo (Lc 3,10-14). El desierto no es sino una ocasión de convertirse con miras al Mesías que viene.

1. Cristo en el desierto.

Jesús quiso revivir las diferentes etapas del pueblo de Dios. Así, como en otro tiempo los hebreos, es llevado por el Espíritu de Dios al desierto para ser allí sometido a la prueba (Mt 4, 1-11). Pero, a diferencia de sus padres, supera la prueba y permanece fiel a su Padre, prefiriendo la palabra de Dios al pan, la confianza al milagro maravilloso, el servicio Dios a toda esperanza de dominación terrena. La prueba que había fracasado en los tiempos del éxodo halla ahora su sentido: Jesús es el Hijo primogénito, en el que se cumple el destino de Israel. No es imposible que en el relato de Marcos (Mc 1,12s) se lea el tema del paraíso recobrado.

2. Cristo, nuestro desierto.

En el transcurso de su vida pública utilizó sin duda Jesús el desierto como refugio contra las muchedumbres (Mt 14,13; Mc 1,45; 6,31; Lc 4,42), propicio a la oración solitaria (Mc 1,35 p); pero estos gestos no entran directamente en el simbolismo del desierto. En cambio, Jesús se presenta como quien realiza en su persona los dones maravillosos de otro tiempo. Es el agua viva, el pan del cielo, el camino y el guía, la luz en la noche, la serpiente que da la vida a todos los que la miran para ser salvos; es finalmente aquel en quien se realiza el conocimiento íntimo de Dios por la comunión de su carne y de su sangre. En cierto sentido se puede decir que Cristo es nuestro desierto: en él hemos superado la prueba, en él tenemos la comunión perfecta con Dios. Ahora ya el desierto como lugar y como tiempo se ha realizado en Jesús: la figura cede a la realidad.

II. LA IGLESIA EN EL DESIERTO.

Los simbolismos del desierto siguen desempeñando un papel en la inteligencia de la condición de la Iglesia. Ésta vive oculta en el desierto hasta el retorno de Cristo que pondrá fin al poder de Satán (Ap 12,6.14). Sin embargo, el símbolo está en relación más estrecha con su trasfondo bíblico cuando Jesús multiplica los panes en el desierto a fin de mostrar a sus discípulos, no ya que hay que vivir en el desierto, sino que se ha inaugurado un tiempo nuevo, en el que se vive maravillosamente de la palabra de Cristo (Mt 14,13-21 p).

Pablo se sitúa en la misma perspectiva. Enseña que los acontecimientos que tuvieron lugar en otro tiempo se produjeron para nuestra instrucción, la instrucción de los que hemos llegado al fin de los tiempos (1Cor 10,11). Bautizados en la nube y en el mar, somos alimentados con el pan vivo y abrevados con el agua del Espíritu que brota de la roca; y esta roca es Cristo. Nada de ilusiones: vivimos todavía en el desierto, pero sacramentalmente. La figura del desierto es, pues, indispensable para comprender la naturaleza de la vida cristiana.

Esta vida permanece bajo el signo de la prueba en tanto no hayamos entrado en el reposo de Dios (Heb 4,1). Así, acordándonos de los acontecimientos de otro tiempo, no endurezcamos nuestros corazones; nuestro “hoy” está seguro del triunfo, porque somos “partícipes de Cristo” (3,14), que permaneció fiel en la prueba.

CHARLES THOMAS y XAVIER LÉON-DUFOUR

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