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Jesucristo.

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Al unir estas dos voces, un nombre de persona -Jesús- y un nombre de función -Cristo-, la Iglesia primitiva (no sólo Pablo, sino también Mt 1,1.18; 16,21; Mc 1,1; Jn 1,17; 17,3; Hech passim) no se contenta con dar a Jesús el título de Mesías, como lo hace con otras denominaciones: cordero de Dios, David, Hijo de Dios. Hijo del hombre, Mediador, Palabra de Dios, Profeta, Santo, Salvador, Señor, Siervo de Dios… Al decir Jesucristo, la Iglesia asocia en una relación estrecha el hecho proclamado por los creyentes y la persona histórica que vivió en la tierra, la interpretación y el hecho original. Toda presentación que absorba uno de los dos términos en el otro, reducirá indebidamente el Evangelio. La crítica debe descomponer en dos tiempos el movimiento que lleva a conocer a Jesús; la contemplación orante es la que deberá recomponerlo para encontrarse con un Viviente. Este artículo, sin detallar “todo lo que hizo Jesús”, cuya relación no cabría en el mundo entero (Jn 21,25), se concentra en la figura del Maestro mismo. Alcanzar a Jesús de Nazaret con el rigor de la crítica literaria es oír la pregunta hecha por Jesús: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (1), interrogación a la que los autores del NT se esfuerzan por responder (II). Y esta respuesta remite siempre a la persona histórica que suscitó la pregunta.

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1. JESÚS DE NAZARET.

Los Evangelios no son vidas de Jesús redactadas según los principios de la historiografía moderna. Escritos por creyentes para suscitar y fortalecer la fe. organizan recuerdos que, desde luego, fueron iluminados y transfigurados por la fe pascual, pero que criticados con perspicacia permiten alcanzar seguramente a Jesús de Nazaret.

1. Situación escatológica de Jesús.

La buena nueva que anuncia Jesús es la de que el reino de Dios se inaugura con su palabra misma: “Bienaventurados vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo: Muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que vosotros estáis oyendo y no lo oyeron” (Mt 13,16s p). ¿Qué vieron, pues, y qué oyeron? Primero, exorcismos, que son interpretados por Jesús mismo: “Si yo arrojo los demonios por el dedo de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lc 11,20 p); en efecto, el enemigo está vencido: “Yo veía a Satán caer del cielo como un rayo” (10,18). Luego milagros, que atestan que, según Jesús, se ha entrado en una nueva era: “Los ciegos recobran la vista y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan.” Finalmente, oyeron la opción decisiva de Jesús, todavía más importante: “A los pobres se anuncia la buena nueva” (Mt 11,5 p). Jesús, hablando así, declara que se ha realizado la profecía de Isaías (Is 29,18s; 35,5s; 61,1).

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A sus ojos, el anuncio es escatológico, cumple el designio de Dios, recapitulándolo. Así Jesús se sitúa con respecto al AT. Admira a Juan como el último y el más grande de los profetas: “En verdad os digo, entre los nacidos de mujer no ha surgido ninguno más grande que Juan Bautista”; pero, como el reino de Dios ha inaugurado una nueva era, Jesús continúa: “Y sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él” (Mt 11,11s).

La novedad radical del reino de Dios no se cifra sólo en el hecho de hallarse presente, sino en su naturaleza. “Desde los días de Juan Bautista hasta el presente, el reino de los cielos es asaltado con violencia, y los violentos lo arrebatan [a los que quieren entrar en él)” (Mt 11, 12). Así Jesús debe alzarse contra losmantenedores del orden sabático y ritual que han establecido los doctores de la ley con su casuística y su sutileza (Mt 15,1-20; 23,1-33). Pero debe también purificar la espera de sus contemporáneos, que confunden reino de Dios y liberación nacional y terrena (Mt 16,22; 20,21; 21,9 p: Lc 19,11: 22,28; 24,21; Jn 6,15; Hech 1,6). Jesús se diferencia incluso de Juan Bautista (Mt 11,3): como él, exige la plena conversión, pero en lugar de anunciar la condenación inminente por un Dios vengador (Mt 3,7-12), proclama un año de gracia (Lc 4,19). Tal es la situación única. en la que Jesús entiende hallarse. El gozo se promete a los que descubren el tesoro (Mt 13,44s). ¡Bienaventurados los que viven esa hora!

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2. La decisión con respecto a Jesús.

Es inútil preguntarse cuándo ha de dar esa hora: “El reino de Dios no ha de venir aparatosamente. No se dirá: Míralo aquí, o allí. Porque, mirad: El reino de Dios está ya en medio de vosotros” (Lc 17,20s). El reino de Dios no está sencillamente por venir, sino que está al alcance de todos: basta con reconocer los tiempos mesiánicos y dirigir la mirada a Jesús. ¿Quién es, pues, él?

Este Jesús no es un rabino ordinario que explica las Escrituras, sino que enseña con autoridad (Mc 1,22). A diferencia de los profetas, no se limita a enunciar el oráculo de Dios, sino que proclama: “Pero yo os digo…” (Mt 5, 22.28.34.39.44), haciendo preceder a sus declaraciones una atestación solemne: “En verdad os digo”, como respondiendo a una palabra oída en secreto. Osa incluso compararse con los personajes ilustres del AT: “Aquí hay uno que es más que Jonás… Aquí hay uno que es más que Salomón” (Mt 12,41s; Lc 11,31s).

Así pues, convertirse a Dios es seguir a Jesús, es necesario decidirse por él o contra él. “Quien no está conmigo está contra mí, y quien no recoge conmigo desparrama” (Mt 12,30). Escuchar a Jesús es escuchar a Dios mismo, porque es “construir la casa sobre la roca” (7,24). Pero, frente a Jesús, cuyo comportamiento desconcierta, ¿cómo tomar tal decisión? Jesús lo sabe muy bien: “Bienaventurado aquel que en mí no encuentre ocasión de tropiezo” (11, 6 p).

Jesús debe, pues, justificar su pretensión. No declinando su identidad, sino manifestando que tiene una relación única con su Padre. Todo le es posible porque cree (Mc 9,23), con una fe que será llamada prototipo de todo fe (cf. Heb 12,2). Más todavía: habla a Dios como a su “Papá” (Mc 14,36), y vinculándose a la tradición apocalíptica de Daniel (Dan 2,23-30), osa decir que los misterios le son revelados porque él es “el Hijo” en relación única con “el Padre” (Mt 11,25ss p). Pero no por ello se atribuye el conocimiento de todas las cosas (Mc 13,32), y somete su voluntad a la del Padre (14, 36; cf. Mt 20,23). Sin embargo, poniéndose aparte en la serie de los enviados de Dios (Mc 12,6), identifica el reino de Dios y su propia persona; esto es lo que sugiere, por ejemplo, la parábola del sembrador (Mt 13,3-9 p) y lo que demuestra su comportamiento con los pobres y los pecadores, símbolo de la actitud misma de Dios (Lc 15).

3. Jesús y el futuro.

Jesús vivió como buen judío. Pero domina las tradiciones judías, cuyo valor estima según la voluntad de Dios, con el que mantiene una relación única que ya hemos indicado. Viene para cumplir la ley y los profetas (Mt 5,17). El ideal de amor absoluto que propone trastorna las sutilezas de la casuística y resulta impracticable a quien no sigue a Jesús; no puede ser bien percibido y alcanzado sino en estrecha dependencia de él: “Venid a mí… porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,28s). Jesús cumple todavía la tradición profética cuando anuncia, pese a sus compatriotas, que también los paganos recibirán la salvación (Lc 13, 28s p).

¿Pensó Jesús que la Iglesia le sucedería para la realización de esta obra? Sería ingenuo creer que Jesús constituyó la Iglesia tal como la conocemos; pero es falso decir que Jesús pensó que después de su muerte no habría ya lugar para un tiempo intermedio antes de la parusía (cf. día del Señor).

Jesús, agrupando en torno a sí al círculo de los discípulos (Lc 10.1s ) como lo dicen los anuncios que no mencionan la resurrección (Lc 13,31ss; cf. 17.25: Mc .9.12). Vio a un rico reconocido, aunque sea difícil fecharlo con precisión-, quiso, sin duda, no ya inaugurar una Iglesia concebida conforme a la comunidad separatista de Qumrán, sino prefigurar el pueblo de Dios definitivo (Mt 19,28 p). Por otro lado, seguramente pensó, contrariamente a Juan Bautista, que el establecimiento del reino de Dios se llevaría a cabo progresivamente (Mc 4,29; Mt 13,24-30), que Simón debería fortalecer en la fe a sus compañeros (Lc 22,31) y que sus discípulos tendrían que sufrir después de su muerte (Mt 9,15 p; Mc 8, 34 p; Lc 6,22 p). Por eso la palabra ekklesia, equivalente del término arameo sjd o `edah, utilizado en Qumrán para designar la comunidad escatológica de los elegidos de Dios, pudo muy bien venir a los labios a Jesús, aun cuando sólo se halla dos veces en los Evangelios (Mt 16,18; 18,17). Sería simplificar los datos neotestamentarios querer negar a Jesús la perspectiva de un tiempo después de su muerte; lo cual no excluye en modo alguno la convicción personal de que, después de su muerte, tendría lugar el fin (cf. Mc 9,1).

Para apreciar el sentido de esta última afirmación, hay que pesar otras palabras de Jesús. Jesús previó que iba a una muerte próxima, como lo dicen los anuncios que no mencionan la resurrección (Lc 13, 3lss; cf. 17,25; Mc 8,31; 9,12). Vio tal muerte en el designio de Dios como un servicio, como un rescate sacrificial (Mc 10,45); y en la hora en que va a morir lega a los suyos su testamento de servicio mutuo (Lc 22,25ss).

Estas indicaciones impiden hacer de Jesús un hombre que habría sufrido involuntariamente una muerte infligida por enemigos más fuertes que él. Numerosos exegetas van más lejos y piensan que Jesús identificó su existencia con la del siervo de Dios. En efecto, Jesús presenta su suerte, la del Hijo del hombre, a través de las expresiones mismas de los cantós del Siervo en Isaías (52,13-53,12): su obediencia se expresa por “es preciso que…” (Lc 17,25), el sacrificio de su vida es ofrecido por la multitud (Mt 20, 28 p; 26,28 p; Lc 22,16.18.30 b), establece la alianza (Lc 22,20).

Si Jesús comprendió así su muerte, ¿por qué no habría presentido su resurrección? Las puntualizaciones que ofrecen los tres grandes anuncios de la pasión y de la resurrección de Jesús (Mt 16,21 p; 17.22s p: 20, 18s p; cf. Lc 24, 25s.45) dejan sin duda sentir el influjo de la comunidad primitiva; pero la fe de Jesús en su resurrección a breve plazo resalta también de sus palabras. Como todo creyente judío, sabe que ha de resucitar al final de los tiempos (cf. Mt 22,23-32 p): además, él se sitúa aparte, e incluso al final de los tiempos, como ya lo hemos señalado. Porotra parte, convencido de la relación única que tiene con Dios y con los hombres, ¿cómo habría Jesús dudado del éxito final de su misión y de una intervención particular de su Padre en su favor? La certeza de la resurrección no lo sustrae ciertamente a la condición humana; penetrado de angustia, tiembla en Getsemaní (Mc 14,36) y se considera como abandonado por Dios mismo (15,34); pero sabe que es “el Hijo”.

Una última cuestión se plantea. Jesús, para revelar quién era, ¿se valió de un medio breve, utilizando fórmulas corrientes en el judaísmo, tales como Mesías, Hijo de Dios, Hijo del hombre? En los Evangelios, estos títulos se hallan equivalentemente en sus labios. Sin embargo, si se exceptúan las designaciones “el Hijo” e “Hijo del hombre”, que no se pueden negar categóricamente a Jesús, los críticos estiman que la Iglesia naciente, no ya deformó, pero sí explicitó el pensamiento de Jesús, haciéndole decir que era “el Hijo de Dios” o “el Mesías”. Jesús no tomó la iniciativa de proclamarse Mesías, denominación cuya ambigüedad sólo podía ser eliminada por la muerte en la cruz; pero pone a sus contemporáneos sobre el camino del reconocimiento cuando prohibe a sus discípulos descubrir su verdadera identidad (Mc 8,27-30 p), cuando se deja aclamar Hijo de David a su entrada en Jerusalén (Mt 21,1-9 p) y cuando el sumo sacerdote que lo interroga: “¿Eres tú el Hijo del Bendito’?”, responde de una manera involucrada según la fórmula más antigua del Evangelio de Mateo: “Tú lo dices” (Mt 26.64). En su comportamiento revelador, Jesús no dio importancia a estos “títulos”, que sin duda habrían falseado la relación auténtica que quería establecer con los hombres. Presentándose como el hombre que tiene una relación única con Dios y única con todos los hombres, Jesús planteó la cuestión definitiva: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” (Mt 16, 15 p).

II. JESÚS, SEÑOR, CRISTO E HIJO DE DIOS.

A la cuestión planteada no podían responder correctamente los discípulos antes de que Jesús, muerto en la cruz, se les manifestara a ellos vivo, mediante apariciones. Los discípulos, respondiendo con su fe a la iniciativa de Jesús, descubren el sentido de la vida y el misterio de la persona de Jesús de Nazaret. Para decir este sentido, aplican a Jesús títulos tomados del lenguaje tradicional, cargándolos de un sentido nuevo. Las formulaciones son diversas y proceden a tientas según las dotes de cada uno y según los medios de vida. Esta cristología tiene sin duda una historia, pero nosotros no podemos describirla con seguridad, dado que las fuentes presentan mezclados el fondo palestino y las interpretaciones helenísticas. Sin embargo, nos es posible distinguir las primeras captaciones del misterio de Jesús y luego las perspectivas propias de los evangelistas.

1. Primeras aproximaciones al misterio.

Es posible enlazar, en las formulación de la experiencia pascual, cuatro perspectivas que podrían reflejar una cierta evolución histórica. Bajo el signo de la parusía, se afirma la exaltación celestial de Jesús, el Cristo. La cruz redentora concentra la búsqueda en el Siervo. Finalmente, la atención se dirige al hombre Jesús, primero en el misterio de su persona, luego en su relación con el universo. Esta exposición utilizará sobre todo las confesiones de fe y los himnos, materiales anteriores a la teología paulina o a las presentaciones evangélicas; sin embargo, las prolongaciones teológicas neotestamentarias serán indicadas como referencias (cf.).

a) Jesús elevado al cielo, Señor y Cristo.

Los discípulos, habiendo tenido contacto con Jesús vivo, proclaman: “Dios [lo] ha resucitado de entre los muertos” (1Tes 1,10; Rom 10,9; cf. 8,11; Gál 1,1; 1Pe 1,21; Hech 4,10). Esta afirmación no se obtuvo a partir de una reflexión sobre algún texto escriturario (cf. 1Cor 15,4). sino que expresa inmediatamente, con la ayuda del lenguaje teológico judío de la resurrección, que la experiencia pascual requiere la exaltación y la entronización de Jesús, como lo explicitan la experiencia de Esteban (Hech 7,56) y la de Pablo (7,3; 22,6; 26,13).

A este dato primitivo de la fe cristiana corresponde la muy antigua aclamación aramea “Marana tha” (1Cor 16,22; Ap 22,20; cf. como eco 1Cor 11,26), es decir, según la interpretación más probable: “¡Señor nuestro, ven!” Esta aclamación puntualiza que Jesús, exaltado y entronizado en el cielo es el “Juez” escatológico; además, dice el verdadero sentido de la venida de Jesús glorificado (Hech 1,11), venida que no es un mero “retorno” al final de los tiempos, sino una manifestación continuada a lo largo de la historia de los hombres: Jesús es el Señor de la historia (cf. Mt 28,20).

Otra expresión antigua, elaborada sin duda en las iglesias helenísticas, es la confesión de fe: “Jesús [es] Señor” (1Cor 12,3; Rom 10,9; Flp 2, 11), también “proclamada” en medio litúrgico. No se trata de una fórmula de fe, sino- de un acto de reconocimiento y de sumisión al Señor que Jesús ha venido a ser.

El acontecimiento, así enunciado, verá puntualizarse su naturaleza, gracias a las Escrituras. Las profecías mesiánicas (2Sa 7,14; Sal 2,7; 110, 1) ayudan así a comprender que Jesús ha sido “hecho Señor y Cristo” (Hech 2.36). que “ha sido constituido Hijo de Dios” (Rom 1.4: Hech 13,33); está a la derecha de Dios (Hech 7,56; quizá, 2.33s: 5,31: Mc 14,62 p; Rom 8,34.), comparte, en fin, la omnipotencia divina (cf. Mt 28,18).

En la perspectiva de la exaltación. los títulos Mesías, Hijo de Dios y Señor tienen en su origen un sentido análogo: no se refieren inmediatamente a la muerte o la vida terrestre de Jesús, sino que afirman simplemente que Jesús ha realizado las esperanzas de Israel y viene a ser el Señor de todos los tiempos.

Los desarrollos teológicos de los autores del NT vienen a insertarse aquí. Así Pablo no sólo retiene la transposición a Jesús de la apelación Kyrios que designa a Dios en la LXX (Rom 10,2s; [Flp 2,11]; 1Cor 2,8: cf. 15,25; Ef 1,20), sino que además contrapone a Jesús a los “Se-. ñores” de los paganos (1Cor 8,5s; 10. 21): de ahí vendría la apelación “Nuestro Señor Jesucristo”. Así los evangelistas hacen llamar a Jesús no ya simplemente “Rabbi”, sino “Señor” (cf. Mt 8.25 p. Lc 7.1`) p).

b) La muerte salvadora de Jesús.

Frente al escándalo de la muerte ignominiosa de Jesús, la fe pascual busca en las Sagradas Escrituras el sentido que pueda tener. Jesús, durante su vida terrestre había interpretado, en forma velada, su suerte, valiéndose de la profecía del siervo doliente y exaltado. La Iglesia primitiva da a su Señor el título de Siervo (Hech 3,26; 4,25-30) y expresa el sentido de los acontecimientos pasados con palabras de Isaías (52, 13-53,12). Jesús ha sido exaltado (Hech 2,33; 5,31), “glorificado” (3,13); la pasión es evocada en un texto anterior a la carta de Pedro (1Pe 2, 21-25) y en la catequesis de Felipe (Hech 8,30-35). Finalmente, una de las fórmulas de fe más antiguas declara que Jesús “murió por nuestros pecados según las Escrituras” (1Cor 15.3). La preposición hyper, aquí como en otras partes (Gál 1,4; 2Cor 5,14s.21; Rom 4,25; 8,32: 1Pe 3,18; Un 2,2) y en particular en la terminología eucarística (Lc 22,20; 1Cor 11.24), sirve para decir el valor salvífico de la muerte de Jesús.

Otras apelaciones, de sentido análogo al que asumió el título de Siervo, expresan la misma realidad. Jesús es el “Justo” (Hech 3,14), el que conduce a la vida (3,15; cf. 5, 31), el cordero de Dios sin tacha (1Pe 1,19s; cf. Jn 1,29.36). Es el -sumo sacerdote inmaculado. mediador de la nueva alianza (Heb 2,14-18; 4,14).

A partir de aquí, bajo el influjo conjugado de las religiones helenísticas, la apelación del “Salvador” se lee en las. últimas cartas paulinas (Tit 1,4; 2,13; 3,6; 2Tim 1,10). También a partir de aquí se desarrolla la mística paulina del bautizado unido a la muerte y a la resurrección de Cristo (Gál 2,19; Rom 6,3-11, donde se profundiza la doctrina de la propiciación, etc. (Rom 3,23s…).

c) El hombre Jesús.

La Iglesia apostólica, atendiendo más a los orígenes de aquel que sabe que vive hoy después de su muerte, no tardó en dirigir la mirada a la existencia terrestre de Jesús.

Así, la tradición evangélica toma forma como respuesta a la doble necesidad de dar a conocer la vida de aquel al que se cree resucitado (Hech 10,37s) y de citarlo como ejemplo del comportamiento de los creyentes. Así, poco a poco, los recuerdos se van perfilando y se van recogiendo, polarizados todos en la fe en el Señor Jesús. A esta luz que la aureola y la transfigura aparece la figura del hombre Jesús.

Pablo se interesa menos por su existencia terrestre que por su enseñanza y su muerte redentora. La carta a los Hebreos, por su parte, explicita el sentido de los sufrimientos del Cristo. Jesús asumió voluntariamente su muerte (Heb 10,7), “fue hecho perfecto por los sufrimientos” (2,10): soportó la cruz en lugar del gozo (12,2), y de lo que padeció aprendió la obediencia (5, 7s): es el “pionero y consumador de la fe” (12,2).

Esta marcha hacia atrás continúa hasta los orígenes mismos de Jesús, apoyada probablemente por el recurso a profecías como la de Natán (2Sa 7,12ss) o el Sal 16,10s. La existencia de Jesús comporta dos modos de ser: uno terrestre en la carne, otro celestial en el Espíritu (Rom 1,3s; 1Pe 3,18; 1Tim 3,16s). Jesús, transformado interiormente por el Espíritu, recibió una unción, concebida primero como real al momento de su entronización (Heb 1,9), luego profética en el momento de su bautismo con vistas al ministerio (Hech 10,38; cf. 4,27; Lc 4,18). La resurrección, comprendida como cumplimiento de la promesa hecha a David (Hech 2,34s; 2Tim 2,8), lleva a ver en Jesús al hijo de David (Rom 1,3s; 2Tim 2,8; Hech 13,22s; 15,16 y quizá Mc 12,35ss). Por un proceso análogo se elaboran las genealogías de Cristo (Mt 1,1-17; Lc 3,23-37). A la misma intención (cristología más explícita, cumplimiento de las Escrituras) responden los prólogos de los Evangelios que son las tradiciones sobre la infancia de Jesús (Mt 1-2; Lc 1-2); la historia anecdótica que cuentan manifiesta una profunda teología, cuyo empeño mayor es el de responder a la cuestión siguiente: ¿Cuál fue el origen del que nosotros adoramos como el Señor?

d) El primogénito de toda criatura.

Remontarse todavía más arriba es descubrir la preexistencia de Jesús, según un procedimiento que debió inspirarse, no en el mito gnóstico del Dios-Salvador, sino en las tradiciones apocalípticas judías, solícitas de mostrar la unidad de la creación y del fin de los tiempos. Así, en el Libro de Henoc se afirma la preexistencia del Hijo del hombre (Henoc 39,6s; 40,5; 48,2s; 49,2; 62, 6s); ciertos medios judíos contemplaban la Sabiduría en el origen de la creación (Job 28,20-28; Bar 3, 32,8; Prov 8,22-31; Eclo 24,3-22; Sab 7,25s). Con el himno muy antiguo que subyace a Flp 2,6-11, se describen los tres estados sucesivos de Jesús, que existía en “forma de Dios” antes de anonadarse a lo largo de su vida terrestre y de ser luego exaltado al cielo. Este texto no afirma que una naturaleza humana es “asumida” por una persona divina; se esfuerza por mostrar que la presencia de Jesús se extiende a la entera duración del tiempo. Jesús es “aquel por quien todo existe y por quien nosotros [vamos a Dios]” (1Cor 8, 6), es la roca que acompañaba al pueblo en el desierto (10,4). Finalmente, quizás antes de que se elaborara la teología de Pablo, Jesús es llamado “imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura” (Col 1,15), aquel “en quien reside la plenitud de la divinidad” (2,9).

El NT, después de haber afirmado la perfecta justicia y santidad de Jesús (Hech 3,14), se encamina hacia la proclamación de su divinidad. Es el “Hijo de Dios” en un sentido que explicita las alusiones hechas por Jesús de Nazaret y que desborda el sentido mesiánico, pues se apoya en la preexistencia del Hijo que Dios reveló a Pablo (Gál 1,12) y cuyo Evangelio proclama éste (Rom. 1,9). Jesús es “el Hijo de Dios”: tal es la fe del cristiano (1Jn 4,15; 5,5) proclamada sin cesar en los Evangelios (Mc 1,11;; 9,7; 14,61; Lc 1,35; 22,70; Mt 2,15; 14,33; 16,16; 27,40.43), haciendo eco a la palabra de Jesús sobre “el Hijo” (Mt 11,27 p; 31,37ss p; 24, 36 p). El movimiento de la revelación remata en la proclamación (quizá ya en Rom 9,5. según toda probabilidad en Heb 1,8; Tit 2, 13, y ciertamente en In 1,1.18; 20, 28) de que Jesús es Dios con Dios.

A su vez se manifiesta la dimensión eclesial y cósmica de Jesús, corolario de la preexistencia. Jesús es la cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo (Col 1,18); su señorío se extiende al mundo entero, cuyos tres espacios él recorrió: tierra, infiernos, cielos (Flp 2,10). ¿No es él el “Señor de la Iglesia” (1Cor 2,8), puesto que es el “primogénito de entre los muertos” (Col 1,18)?

A esta perspectiva se vinculan títulos variados. Jesús es el nuevo ‘Adán (1Cor 15,15-45; Rom 5,12-21), aquel en quien Dios reúne (anakephalaió) tódas las cosas (Ef 1,10), aquel en quien Dios fundó la paz, haciendo un solo hombre (2,13-16); es el mediador de la nueva alianza (1Tim 2,5; Heb 9,15; 12,24)…

2. Presentación evangélica del misterio.

Las primeras captaciones del misterio de Jesús las hemos agrupado aquí de manera artificial; en efecto, sólo los Evangelios son auténticas cristologías. Antes de que se pusieran por escrito los cuatro Evangelios, la tradición evangélica intervino para interpretar el misterio de Jesús; esto se reconoce en el matiz cristológico de cada perícope evangélica, así como por las diferentes estructuraciones presinópticas. El interés por la vida terrestre de Jesús es, pues, significativo por sí mismo, independientemente de toda cristologia de Jesús. Más exactamente, revela una doble preocupación. Primero, contra toda tentativa de evaporación gnóstica en algún mito, quiere mantener enraizada en la historia la revelación de Jesús; luego, contra toda tentativa arqueologizante que se contente con resucitar el pasado, se expresa a partir de una convicción: el que vivió vive todavía y habla a los cristianos del tiempo presente. Los Evangelios son todos “actualizaciones” del acontecimiento Jesús de Nazaret.

Si hay una cristología en el NT, es sin duda el Evangelio antes de los Evangelios. Esta cristología no está elaborada en forma sistemática ni en una coyuntura epistolar, sino con la única intención de presentar el misterio de Jesús venido a ser Señor. Los Evangelios, por su parte, ofrecen aspectos variados de esta presentación, remitiendo siempre al único Evangelio proclamado en el Espíritu Santo. Añadamos algunas breves indicaciones a este propósito para redondear este esbozo.

a) San Marcos invita a su lector a reconocer en Jesús de Nazaret al Hijo de Dios, al que nos salvó triunfando de Satán. Insiste en el acontecimiento puntual del encuentro personal con Dios en Jesús al final de los tiempos. Notemos la reserva de Mc con respecto a Mt y a Lc en el empleo de la expresión “Hijo de Dios”. Fuera de la confesión proferida por los demonios en un relato (Mc 5,7) y en un sumario de exorcismos (3,11), el título no se halla sino en tres cumbres de la revelación: por la voz de Dios en el bautismo (1,11) y en la transfiguración (9,7), y luego en boca del centurión. El velo del templo acaba de desgarrarse, el tiempo del judaísmo ha terminado; entonces es cuando se proclama, en nombre de los paganos, la eficacia de la muerte de Jesús: “Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios” (15,39).

b) San Mateo hace culminar el Evangelio en el “manifiesto” del Cristo resucitado: “Se me ha dado lodo poder… Estoy con vosotros hasta el fin de los siglos” (Mt 28, 18ss). Jesús se presenta como el Hijo del hombre anunciado por el profeta Daniel (Dan 7,13s), que ha recibido la soberanía universal; el Evangelio debe mostrar cómo Jesús, después de haberse negado a tener la soberanía de Satán (Mt 4,8ss) porque el Padre le ha entragado todo (11,27), triunfó de sus enemigos: el reinado de Dios es el reinado de Cristo. Para mostrar esto pone Mateo de relieve el argumento escriturario de la Iglesia primitiva, puesto que Jesús viene a coronar el pasado de Israel. Mateo escribió el Evangelio eclesiástico por excelencia, actualizando para su tiempo los acontecimientos pasados (p.e., 14,33)

c) San Lucas, que en su libro sobre los Hechos de los Apóstoles muestra el interés que tiene por la Iglesia, da consistencia al tiempo de Jesús que transcurre entre el del anuncio profético y el de la Iglesia (cf. Lc 16,16; 22,35-38; Hech 2,1). La vida de Jesús adquiere valor para el tiempo eclesial; fue el primer acto del designio de Dios en la Iglesia, acto que tiene un valor típico. El porvenir que le sucede se apoya constantemente en ella: acontecimiento pasado que se mantiene presente para siempre. Por otra parte, el retrato de Cristo es más bien el del Salvador misericordioso (Lc 3,6; 9, 38.42; Hech 10,38) que se dirige a los pobres (Lc 4,18), a los pecadores (15), a los desheredados de la tierra. Finalmente, la apelación “Hijo de Dios” adquiere en él un sentido fuerte, netamente distinguido del de Cristo (1,35; 22,70).

d) San Juan toma el punto de partida de su presentación en la afirmación tradicional de la preexistencia y muestra en Jesús la gloria del Padre, la gloria de la resurrección ya presente a través de los signos que él opera a su paso porla tierra. El Hijo del hombre, que está en el cielo, está presente aquí mismo y regresa al cielo (Jn 3, 13.31; 6,62; cf. 13,1; 14,28; 16,28; 17,5). Él es la palabra de’ Dios manifestada en la carne mortal de Jesús (1,14). Él es por tanto el Revelador absoluto y definitivo, aquel al que dar su fe es vivir (3,16s.36; 11,25s…), aquel de quien se oyen las proclamaciones de eternidad (8,58; 10,38) o de inmanencia en el Padre (10,38; 14,9s.20; 17,21).

Todavía más particularmente, el libro de Juan es el Evangelio por excelencia, en la medida en que reconduce sin cesar al creyente a la persona y a la actividad terrestre de Jesús de Nazaret, sin la cual ninguna existencia eclesial puede conservar su sentido: así por lo que hace a la vida sacramental, bautismo (3,22-30) y eucaristía (6).

CONCLUSIÓN.

Antes de concluir evocaremos el Apocalipsis. En la confluencia de numerosas corrientes y más en particular de la vida litúrgica, presenta al Cristo viviente, al Señor que conduce y rige a la Iglesia (Ap 1-3). Sobre todo domina la figura del Cordero: éste lleva las huellas de la pasión que sufrió (5). Garantiza el triunfo sobre los enemigos de la Iglesia (6,15ss; 17,14) y establece sus nupcias con ella (19,7s: 21,9). Señor de la historia de los hombres, es el primero y el último (1,17), el comienzo y el fin (22,13), el alfa y omega (1,8; 21,6), el amén (3,14), el Ungido de Dios. finalmente el Rey de reyes y el Señor de los Señores, al que se tributa todo honor y toda gloria (19,19; 17,14).

Las presentaciones del misterio de Jesús de Nazaret venido a ser Señor y Cristo, no pueden reducirse a un sistema único; sin embargo, manifiestan un movimiento único: la voluntad de actualizar para un medio dado la presencia (le aquel Jesús que vivió y murió por nosotros. La ortodoxia se estima según la solidez del vínculo que une la interpretación cristiana con el hecho de Jesús: “Todo espíritu que confiese a Jesucristo venido en carne es de “Dios” (1Jn 4,2). La fe naciente, para expresarse y comunicarse, se mostró tributaria de las culturas variadas de su época: así, del judaísmo palestinés, de la diáspora o del helenismo ambiental. La Iglesia, adaptándose a las diferentes civilizaciones, esboza y prefigura toda interpretación venidera. Después del NT, la hermenéutica prosigue su movimiento; llega, por ejemplo, a hablar de “conciencia” de Jesús, de “naturaleza” y de persona, sin pretender fijar para siempre la interpretación; todavía hoy debe ser practicada en las diferentes culturas en que se expresa la fe en Jesucristo.

XAVIER LÉON-DUFOUR

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