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VIOLENCIA

En la violencia, en la que primeramente se ve destrucción brutal, violación, hay que reconocer también la fuerza vital de la que procede y que para mantenerse tal tiende a destruir la vida misma. El término que la designa deriva, al igual que el de fuerza vital, de una raíz indoeuropea que designa la vida (bios-biazomai-vivo-vis). Y la Biblia describe sin ilusión el estado violento en que se halla la humanidad: las fuerzas vitales y los poderes de muerte se mantienen en un equilibrio provisional, cuya caricatura es con frecuencia el orden aparente. La Biblia revela también, y sobre todo, que en Jesucristo puede convertirse en realidad el ideal escatológico de un tiempo en el que la vida se desenvuelva sin violencia (cf. Is 11,6-9; Ap 21,4). Para orientar en el tema, dos términos evocan con bastante aproximación la idea de violencia, el hebreo (hms) con toda claridad, el griego (biazomai) con un simple matiz de presión (forzar, insistir).

1. DESCRIPCIÓN.

1. La idea de transgresión de una norma permite calificar un acto de violento; así lo comprendieron los traductores griegos del AT, que en general tradujeron hms por una voz emparentada con adikia (que significa injusticia). Según las costumbres de la época, Simeón y Leví debían sin duda vengar a su hermana Dina que había sido violada (Gén 34,2), pero por haber ido demasiado lejos en su venganza, los cuchillos de que se sirvieron para castigar a los opresores son calificados por su padre de instrumentos de violencia” (49,5). El pueblo, los sacerdotes violaron la ley (Ez 22,26; Sof 3,4); se viola la justicia social con el fraude (Sof 1,9), se viola el derecho (Ez 45,9). Ordinariamente la violencia va acompañada de ciertas premeditaciones o de violación de las leyes del lenguaje: trampas y estratagemas (Sal 140,2), hoyo cavado delante del prójimo (Sal 7,17), astucia (Sal 72,14), detracción (Sal 140,12), trapacería (Mal 2,16), pero sobre todo falso testimonio (Éx 23,1; Dt 19,16; Sal 27,12; 35,11), cosas de que se abstiene el justo cuya oración es pura (Job 16,17).

Leon Dufour, Camino Neocatecumenal

2. La violencia se percibe también a través de su efecto mayor: la destrucción de la vida física o social; en este caso, el término va asociado frecuentemente con otro que significa explotación, opresión, devastación, ruina. Los profetas se lamentan del estado de violencia en que se halla sumergido el pueblo (Am 3,10; Jer 6,7, 20,8; Is 60,18) y recurren a Yahveh, único que puede remediar este estado de injusticia (Hab 1,3). En efecto, Dios aborrece a los hombres violentos (Sal 11,5; Mal 2,16): ¿no provocó el diluvio porque “la tierra estaba llena de violencia” (Gén 6,11.13)? Así, constantemente se oyen los gritos de los oprimidos que quieren ser liberados de los hombres violentos (2Sa 22,3.49; Sal 18.49; 140. 2.5). Estas víctimas ponen su esperanza en una réplica de la misma naturaleza. “Que el hombre violento sea presa del infortunio, que se le devuelva golpe por golpe” (Sal 140,12). Sin embargo, un ideal de abandono perfecto se presenta en el retrato del “siervo de Dios que es sepultado con los malvados, “aunque no ha cometido violencia ni engaño” (Is 53,9).

3. Esta rápida ojeada sobre los empleos de hms permite algunas observaciones. La violencia no se identifica con la fuerza ni con la venganza, la ira o el celo. En efecto, si bien estas expresiones variadas de la fuerza vital vienen a dar a veces en la destrucción de la vida, sin embargo, no implican necesariamente lo que a los ojos del AT caracteriza la violencia, a saber, la transgresión de una norma. De todos modos, hay que notar que ésta no es determinada, como para el espíritu griego, por algún “orden natural” imperecedero. Se define, según una época dada, por la justicia, es decir, por el Dios de la alianza, que es el fin y el juez de toda acción. En tal contexto, temporal y teológico, hay que apreciar la violencia en el AT.

II. SITUACIONES.
Con la ayuda de los criterios precedentes se pueden evocar situaciones en cuya descripción no se halla hms. Caín, matando a Abel, cometió un acto de violencia: “la voz de la sangre de tu hermano está clamando a mí desde la tierra” (Gén 4,10), dice Dios. Lamec desmesurado, “mata a un hombre por una herida” (4,23). Israel es oprimido (‘innah, de ‘anal), de la misma raíz que ‘anavim, los pobres) en Egipto (Éx 1,12; Dt 26,6; cf. 2Sa 7,10). La ley, al condenar la violación de una mujer, acto que destruye las relaciones sociales descuidando el consentimiento del partenario, condena una violencia injustificable (Dt 22,24.29; cf. Gén 34,2; Jue 19,24; 20, 5; 2Sa 13,12.14; Lam 5,11; en gr. tapeinoó). David manda matar a Urías, marido de Betsabé, sirviéndose con astucia de la guerra santa (2Sa 11,15); por otro lado, pese a la maldición de Semeí (16,7s; 19,19-24), no se comportó como hombre de sangre con la casa de Saúl, pues en dos casos perdonó la vida a éste (1Sa 24,26), que, sin embargo, no había cesado de ponerle asechanzas (18, 10s; 19,19-17). Violencia también cuando Acab se apodera de la viña de Nabot, puesto que éste fue apedreado por razón del falso testimonio urdido por Jezabel (IRe 21,8-16). Finalmente, habría que mencionar las innumerables situaciones de codicia o de persecución, matanzas y motines, que hacen del relato bíblico una larga historia de la violencia de los hombres hasta el tiempo de Jesús (Lc 13,1; Mc 15,7; cf. Mt 2,16).

III. YAHVEH Y LA VIOLENCIA.

El comportamiento de Yahveh es ambiguo en apariencia: sin duda rechaza Yahveh toda violación de la justicia, pero a veces parece tolerar, aprobar y hasta practicar actos que nosotros calificamos de violentos. ¿Qué hay que pensar de esto?

1. Indudablemente Dios condena toda injusticia violenta.
Pero lo hace progresivamente, teniendo en cuenta la época en que vive su pueblo. Así se apropia la ley del talión (Éx 21,24), que representa un progreso considerable con respecto a los tiempos de Lamec (Gén 4,15.24); estigmatiza los crímenes que no se deben cometer, como los que describe Amós según las normas de su tiempo y que son otras tantas violencias injustificables: deportar a poblaciones enteras sin tener en cuenta la fraternidad de la sangre, sacar las entrañas a las mujeres encinta, incinerar los cadáveres, rechazar la ley, oprimir a los pequeños (Am 1,1-2,8).
Yahveh se puso de parte de Israel oprimido en Egipto (Éx 3,9), y le exige un comportamiento semejante con el débil: “No oprimirás al extranjero. Vosotros habéis aprendido lo que experimenta el extranjero, pues vosotros mismos residisteis como tales en el país de Egipto” (23,9). Dios se constituye, pues, en defensor de las víctimas de la injusticia de los hombres, y más en particular del huérfano, de la viuda, del pobre (Éx 21-23; Dt 24,20).

2. Por otro lado, el Dios de la alianza, educando a Israel en medio de las naciones idólatras hasta el nacimiento del Mesías, toma en serio la condición en que vive su pueblo y, en nombre de la alianza se presenta como un terrible Dios guerrero. Extermina a los primogénitos de Egipto (‘Éx 12), exige el anatema (Jos 7) y se pone a la cabeza del combate (cf. 2Sa 5,24). Aprueba la fuerza vengadora, y destructora de Sansón (Jue 15-16) y el celo que va hasta el extremo de matar al transgresor de la alianza (Núm 15,11).
Dios, haciendo esto. no es violento a los ojos de la Biblia, porque noinfringe la alianza, cuyo autor y garante él es. Pero manifiesta que un bien superior puede acarrear la destrucción de la vida terrestre; significa además la guerra escatológica y el exterminio sin piedad del mal que hay en el mundo. Sin embargo, no podemos basarnos en esta actitud para tomar posición en situaciones políticas contemporáneas, pues esto sería desconocer ingenuamente la coyuntura en que Dios se reveló.

3. El aspecto paradójico del comportamiento de Yahveh se refleja en la presentación del Dios vivo, que poco a poco se va depurando en el transcurso de la revelación bíblica. Dios se manifiesta primeramente violando lo que se llama el curso normal de la creación, por ejemplo en el Sinaí (Éx 19). Más tarde, Elías comprende que Dios no actúa a la manera de la tempestad, del huracán o del temblor de tierra, sino como un ligero susurro (1Re 19,11s). El Mesías, concebido en un principio a la imagen del rey guerrero que aplasta las cabezas rebeldes (Sal 110, 5s; cf. Jer 17,25; 22,4), vendrá bajo los rasgos de un “rey humilde y pacífico montado en un asno” (Zac 9,9; cf. Gén 49,11; Jue 5,10). Finalmente, el siervo de Dios, en el que los cristianos verán una figura profética de Jesús, pone radicalmente su confianza en Dios y triunfa de la violencia sufriéndola voluntariamente; no resiste al malvado (Is 50,5s) y no comete engaño ni violencia (53,9).

IV. JESÚS Y LA VIOLENCIA.
Cuando vino Jesús, sorprendió a sus contemporáneos y a todos los hombres por la complejidad de su comportamiento. Así, para interpretar correctamente sus palabras y sus actos, no hay que escoger arbitrariamente, con preferencias completamente subjetivas, entre aquéllas y éstos, sino adoptar la perspectiva en que se sitúa Jesús mismo.

1. El reino de Dios hizo irrupción con Jesús y, contrariamente a la expectación de los judíos, suscita la violencia. “Desde los días de Juan Bautista, el reino de los cielos es asaltado con violencia (biazetai), y los violentos (biastai) lo arrebatan” (Mt 11,12). Según la interpretación más probable (biastai designa siempre a los atacantes, los enemigos), Jesús se refiere a los adversarios que impiden a los hombres entrar en el reino. Pero su palabra fue interpretada por Lucas en el sentido de Lc 13,24, donde se invita al discípulo a “esforzarse (agonizesthe) en entrar por la puerta estrecha”: “La ley y los profetas llegan hasta Juan; desde entonces, se anuncia la buena nueva del reino de Dios, y cada hombre lucha (biazetai) por entrar en él” (16,16). El reino de Dios desencadena con su venida una violencia difícil de caracterizar por falta de términos propios, pero que Jesús no encubre.

2. Frente a un orden injusto que pone obstáculos al reino de Dios en la medida en que no lo acoge, protesta Jesús, como en otro tiempo los profetas, con actos y palabras que los conservadores del orden así establecido no pueden menos de estimar violentos: a ellos los turban, no por ser excesivos, sino porque violan aparentemente la ley. Jesús suprime así el equívoco de la resignación cristiana con la injusticia y marca las exigencias de la caridad. Expulsa a los vendedores del templo (Mt 21, 12s p; Jn 2,13-22). Viola las convenciones de la religión, de la sociedad y del lenguaje. Él es dueño del sábado (Mc 2,28). Venido no para traer la paz engañosa que estigmatizaban ya los profetas (cf. Jer 6,14), sino la espada (Mt 10,34; cf. Lc 12,51), introduce la disensión hasta en la institución más sagrada, la familia, dividiendo a padres e hijos, a hermanos y hermanas, por razón del llamamiento que lanza (Mt 10, 35ss p). Bruscamente se alza contra el deber sagrado del respeto a los padres: “Deja que los muertos entierren a sus muertos” (Lc 9,60 p). Sacude la solicitud normal por la integridad corporal: Arráncate el ojo o la mano si te escandalizan (Mt 5,29s p)… En todo esto se viola el orden porque es injusto, no en sí mismo, sino en relación con una realidad que Jesús estima superior, el reino de Dios. En cuanto a los maestros de este orden, los vemos llamar hipócritas, sepulcros blanqueados (23,13-36).
A los ojos de los mantenedores de un orden establecido que se niega a abrirse a un valor superior, Jesús aparece, cual en otro tiempo Elías (1Re 19,17s), como un violento agua-fiestas, como un revolucionario que desvía al pueblo del camino que habían trazado los dueños del orden (Lc 23,2). En cambio, a los ojos de Dios, Jesús restaura dinámicamente los verdaderos valores que la institución había acabado por ahogar. Según el punto de vista en que uno se sitúe se podrá, con el Apocalipsis, pintar a Jesús como un violento (Ap 6,4-8; 8,5…), que al fin aporta la paz. También se podrá retener el retrato que Jesús da de sí mismo y ver en él al maestro manso y humilde de corazón, que soportando la violencia, triunfa de ella (1Pe 2,21-24) y ofrece el reposo que supera la injusticia (Mt 11,29). El cristiano, fijos los ojos en este ideal vivido, se esfuerza por conformar con él su conducta (1Pe 2,18-21; 3,14; Lc 5,9s; Ap 14,12). En el plano de las estructuras sociales, el Evangelio es revolución en la medida en que éstas paralizan la justicia y la caridad, sin las cuales un hijo de Dios no puede vivir. “Buscad el reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33).

3. Frente a la violencia que reina en el mundo, Jesús se muestra más radical que el AT. La ley del talión requería la equidad en la venganza que restablece la justicia lesionada; Jesús exige el perdón (Mt 6,12.14s; Mc 11,25) hasta setenta y siete veces (Mt 18,22). A todos les ordena: “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen” (Mt 5,44; Lc 6,27). A cada discípulo declara: “No resistas al malo” [o al “mal” que hay en el mundo] (Mt 5,39). En los ejemplos que ilustran su prescripción (5,39-41), Jesús no formula un juicio sobre el acto de violencia social (abofetear, tomar la túnica, forzar), cuya causa puede ser valedera, como tampoco autoriza a imitar al administrador infiel (Lc 16,1-8) o al juez inicuo (18,1-5). Jesús adopta aquí el punto de vista del individuo perjudicado y declara que hay que saber ser víctima del violento.
Jesús lo fue el primero. Resiste a la tentación de instaurar el reino de Dios por medios violentos: no quiere transformar mágicamente las piedras en panes, aunque sea para sa ciar el hambre del mundo (Mt 4,3ss), ni dominar a los hombres por la fuerza (4,8ss); se niega a ser un político revolucionario (Jn 6,15) y a obtener la gloria sin pasar por el sacrificio de la cruz (Mt 16,22s). Finalmente, después de sudar sangre en el huerto de los Olivos, declina el combate que sus compañeros han entablado para defenderlo por la violencia: “¡Dejad! ¡Ya basta!” Va hasta el extremo de curar a su adversario (Lc 22,49ss; cf. 22,36ss). Jesús no derramó la sangre de los hombres, derramó su propia sangre.
¿Por qué, pues, no resistir al malvado? No por ninguna técnica de no violencia, sino por espíritu de amor y de sacrificio, único medio de obtener la reconciliación entre el violento y su víctima (cf. Gén 33; 45;1Sa 26). El reino de Dios no se establece con la brutalidad, sino con la fuerza divina, que se mostró capaz de triunfar de la muerte, resucitando a Jesús. Así pues, “todos los que tomen la espada perecerán por la espada” (Mt 26,52). En los antípodas del espíritu de Jesús se halla el que quiere devolver el golpe a los samaritanos inhospitalarios, haciendo descender fuego del cielo (Lc 9,54): los mansos son los que heredarán la tierra (Mt 5,4). A diferencia de los “jefes de las naciones que hacen pesar sobre ellas u poder y su dominio”, el discípulo de Jesús debe “hacerse el servidor” de los otros (Mt 20,25s). Cuando Jesús se bate en retirada, como el siervo de Dios, ante la maldad de sus enemigos (Mt 12,15.18-21; 14,13; 16,4), se remite a Dios y realiza la bienaventuranza de los perseguidos (Mt 5,10ss), profetizada en los cantos del siervo (Is 50,5; 53,9). Pero cuando perdona a los que lo crucifican injustamente (Lc 23,34; 1Pe 2,23s), cuando exige a su discípulo que ofrezca la otra mejilla, Jesús rebasa el ideal del AT; no se contenta con un abandono pasivo en manos de Dios, defensor de los oprimidos: hace violencia al violento, porque en este enfrentamiento se apunta a la reconciliación, que puede ser obtenida ya en la tierra

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