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VIRTUDES Y VICIOS

La Biblia menciona numerosas virtudes y vicios, es decir, hábitos cuya adquisición perfecciona al hombre o lo degrada. En cambio, su vocabulario es pobre para hablar de la virtud o del vicio en general. En efecto, a diferencia del humanismo griego, las considera menos desde el punto de vista del hombre y de su perfección que desde el punto de vista de Dios y de su designio sobre el hombre; Dios quiere unir a los hombres consigo y entre ellos, y esta comunión exige su progreso moral.

Leon Dufour, Camino Neocatecumenal, palabra Virtudes y vicios

1. Naturaleza de la virtud y del vicio.

El hombre perfecto no es el que se esfuerza por llegar a ser tal, sino el que busca a Dios y para alcanzarlo sigue el camino que Dios mismo le traza y que es también el único por el que hallará su desarrollo personal; esta actitud fundamental se expresa por la fórmula: “andar con Dios” (Gén 5,22.24; 6,9). Esta actitud es la que hace de Noé un hombre íntegro, contrariamente a los malos que lo rodean y cuyo corazón sólo concibe malos designios (6,5). La virtud consiste en una relación viva con Dios, en una conformidad con sus palabras, en una obediencia a sus voluntades, en una orientación profunda y estable hacia él; esta relación hace al hombre justo; esta fidelidad en seguir el camino del Señor es la virtud fundamental que Abraham deberá enseñar a sus hijos (18, 19) y cuya práctica es la condición de la alianza (Éx 19,5.8). En cambio, el vicio fundamental está en seguir a otro dios que no sea el único verdadero (Dt 6,14; cf. 4,35), en ser infiel a la alianza, separándose del camino de Dios (Éx 32,8).
Pero esta conformidad con el orden divino que constituye la virtud y que la Biblia llama las más de las veces justicia, no se obtiene con el mero cumplimiento de los actos prescritos por Dios; estos actos deben manifestar una docilidad y una fidelidad procedentes del corazón y ser expresión del amor. Tal es la ley fundamental de la alianza (Dt 6,5s; 10,16; 11,1; 30,20). En el corazón se halla la raíz de la virtud o del vicio. En él deben colocarse, o más bien grabarse, las palabras de Dios, para que sean en él el principio de la fidelidad amante, que es el alma de toda virtud. Por ser su corazón enteramente de Dios, David es tan grande a pesar de sus faltas, y Josafat progresa por los caminos de Dios (1Re 15,3; 2Par 17,6); si Ezequías hace lo que es bueno, justo y leal delante de Dios, es que busca a Dios con todo su corazón (2Par 31,20s).
La sabiduría de los salmistas caracteriza al hombre virtuoso, diciendo que su corazón está lleno de la ley de Dios y se complace en ella (Sal 1,2; 37,31), mientras que el del perverso está vacío de Dios y lo tiene por inexistente (14,1). Aquel a quien la sabiduría forma en todas las virtudes útiles al hombre: templanza y prudencia, justicia y fortaleza, es el que ama la justicia (Sab 8,7, donde justicia se toma una vez en su sentido hebreo de virtud fundamental, y otra en su sentido griego de virtud particular de las relaciones sociales).
Finalmente, la justicia perfecta que predica Jesús (Mt 5,20) y que está descrita en todo el sermón de la montaña, es la de un corazón purificado de todo deseo malo, y lleno de un amor misericordioso extendido hasta a los enemigos (5,7s.28.44s). Lo que contamina al hombre son los vicios de su corazón (15,18s).

2. La fuente de la virtud y del vicio.

No hay necesidad de buscar una fuente del vicio fuera del hombre mismo; éste, separándose de Dios por el pecado, se hizo incapaz de dominar sus apetitos y de ser dueño de sí mismo; en lugar de perfeccionar el mundo, lo corrompió (Jn 2,16s). Consiguientemente no puede hallar en sí la fuerza de resistir al peso de sus pasiones (Eclo 1,22; 18,30) y de volver a ser puro. La fuerza del Señor será la fuente de su poder (Dt 8,17s; Ef 6,10); sin ella será flojo y desidioso (Eclo 2,12s). Para que su corazón sea puro, es preciso que Dios lo vuelva a crear y le infunda un espíritu nuevo que lo haga firme (Sal 51,12ss); éste es el don que anuncian los profetas y que se realizará en la nueva alianza; entonces se dará a los hombres un corazón nuevo, en el que estará escrita la ley de Dios; ellos recibirán el Espíritu mismo de Dios, que los hará fieles (Jer 31,33; Ez 36,26s). Este Espíritu llenará al Mesías y le dará todas las virtudes requeridas por su misión regia: sabiduría para gobernar, fortaleza para librar de los enemigos, piedad para mantenerse unido con Dios, al que representa (Is 11,2-5).
Este Espíritu, cuyo papel de maestro interior revela Cristo a sus discípulos (Jn 14,26; 16,13), les dará la sabiduría y la fortaleza necesarias para ser testigos invencibles (Mt 10, 20 p; Lc 21, 14s; 24,48s; Hech 1,8). Liberará al creyente de todos los apetitos carnales que hacen al hombre vicioso, derramando en su corazón la caridad divina y haciéndole producir el fruto que son todas las virtudes animadas por esta caridad (Rom 5,5; Gál 5,22); así, este Espíritu fortalece al hombre interior (Ef 3,16).

3. Conexión de las virtudes y catálogos de vicios.

La Biblia no se contenta con trazar su camino al hombre virtuoso y con amenazar a los viciosos con el juicio de Dios (Sal 1); como lo hicieron también los moralistas paganos, pone empeño en reunir en listas instructivas los rasgos que caracterizan al uno y al otro.
Las listas de vicios son presentadas por los profetas (Os 4,1s; Jer 7,9), por los sabios (Prov 6,16-19; Eclo 25,2; 26,5s), por Cristo (Mc 7,21s p) y por sus apóstoles (1Cor 6,9s; Rom 1,29ss; Col 3,5-9; 1Tim 1,9s; 2Tim 3,1-5; 1Pe 2,1; 4,3); Pablo sobre todo subrayó que la causa profunda de los vicios es el desconocimiento del verdadero Dios, al que se prefieren los ídolos. Los vicios tienen a veces como efecto dividir a los hombres; a veces también se oponen entre sí.
Tal oposición no existe entre las virtudes, que, por el contrario, se completan, y cuyas listas muestran por qué el justo está unificado y es principio de unidad. Veamos, por ejemplo, el compendio del profeta Miqueas: “Andar humildemente con Dios, cumpliendo la justicia y aman‑ do con ternura” (Miq 6,8). Jesús, por su parte, se caracteriza por la humil‑ de mansedumbre (Mt 11,29) de que da ejemplo (In 13,15) y por el amor que lo lleva a dar su vida (15,13), amor que debe ser el modelo del amor mutuo de los discípulos (13,34; 15,17), amor que será su signo distintivo (13,35). Así Pablo, que sale por los fueros del ideal griego de la virtud cuando recomienda que se ha‑ ga todo lo que es digno de elogio (Flp 4,8), pero que insiste con fre‑ cuencia en “las tres (virtudes) que permanecen”: fe, esperanza y caridad (1Tes 1,3; Rom 5,1-5; Col 1,4s…), proclama que la mayor de todas es la caridad (1Cor 13,13). Otras virtu‑ des son, sí, recomendadas (1Tes 5, 14-18; Rom 12,9-21; Ef 4,2; 1Tim 4,12; 6,11; 1Pe 3,8; 2Pe 1,5ss); pero la caridad es el vínculo de la per‑ fección; ella establece el reinado de la paz de Cristo, en quien los hombres son un solo cuerpo (Col 3,12-15).

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