Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias, Señor.

Uno de los salmos que mejor resumen la Cuaresma, este tiempo de arrepentimiento que precede a la Pascua del Señor, es el salmo 50. Y precisamente por eso, se reza mucho en Cuaresma en la oración de Laudes por las mañanas. No sólo por los fieles del Camino Neocatecumenal en particulas, sino en toda la Iglesia en general.

«Un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias».

De las muchas y profundas frases que este salmo 50 nos regala, lleno de arrepentimiento y muy apropiado para preceder al Sacramento de la reconciliación o la confesión, hemos querido destacar hoy esta en especial: «Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias». Es una frase muy sencilla y a la vez muy potente, cargada de significado.

¿Quién no ha escuchado a un amigo, vecino o familiar, decir que su vida es demasiado turbia para acercarse a la Iglesia? Sin duda es un argumento bastante generalizado, como si la Iglesia y el Sacramento de confesión no estuviera especialmente reservado para «vidas turbias» (que además, dicho sea de paso, el pecado es el denominador común entre todo ser humano, no importa su condición social, nación o sexo, en eso somos todos iguales).

Un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias Señor, Camino Neocatecumenal

Precisamente para combatir ese error, ese pensamiento o sensación de «miedo a acercarse a la Iglesia porque es un lugar para justos y no para mí«, este salmo nos ayuda con fuerza. Un corazón pecador, humillado, que no se cree superior al de los demás, nunca es rechazado por el Señor ni por la Iglesia.

Salmo 50 – CONFESIÓN DEL PECADOR ARREPENTIDO

Misericordia, Dios mío, por tu bondad;
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón,
en el juicio brillará tu rectitud.
Mira, que en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.

¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, ¡oh Dios,
Dios, Salvador mío!,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen;
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado:
un corazón quebrantado y humillado
tú no lo desprecias
.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.

Resumiendo...
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